TENDRÁ QUE MORIR UN NIÑO

Tendrá que morir un niño. Uno como Aylan. Sólo que, en vez de ahogado, congelado.

Tendrá que morir un niño refugiado de cinco o 10 años. Uno de esos niños que andan solos y sin familia. En una frontera serbia o griega, pongamos por caso. Dentro de una vieja fábrica abandonada con los cristales rotos o en la calle.

En el norte de Grecia un refugiado afgano murió congelado a -14 grados y nada. En Bulgaria encontraron a una mujer somalí muerta de frío y casi blanca y nada. Dos iraquíes aparecieron congelados en un bosque al sureste del país y nada. Por los arrabales más inhóspitos de Belgrado hay 300 menores refugiados no acompañados y nada.

Nos lo cuentan estos días las ONG. Niños que llegan con los labios morados y temblando de frío. Menores que están durmiendo en parques, en bodegas abandonadas y en aparcamientos donde no hay nada que aparcar

Es una de las viejas y vergonzosas imágenes de Europa. La de una fila de gente desarrapada, con mantas y entre la nieve, junto a unas vías de tren que vete a sabor dónde te llevan. Antes en blanco y negro y ahora a todo color.

Ya lo verán. Para que venga un escalofrío político, para que les dediquemos cinco minutos, para que seamos estupendos por un rato, para que lancemos un suspirito y sólo entonces levantemos la mirada de la porra que mojamos en el café con leche; para que pase todo eso, digo, tendrá que morir un niño

Somos Alejandro y Miguel

#CWRightsWithoutBorders.